Desciende conmigo al paraíso de los placeres prohibidos. Jadea sobre mi piel, al ritmo de caricias de ángeles caídos. Fúndete entre las llamas de los fuegos eternos de mi ser, que lamerán perversos, nuestros cuerpos, lacerándolos sin piedad, hasta que la carne se desvanezca dejando nuestras alamas desnudas. Entonces, con corona de espinas, serás rey de mi infierno. A cambio, déjame mirarme en tus ojos y conocer a si, al fin, las latitudes de tu cielo.